martes, 13 de noviembre de 2018
LA CIENCIA DETRAS DE LOS SUEÑOS
La
cita fue mediocre en el mejor de los casos, pero en los días siguientes, tuv
Fue
solamente después de un sueño dolorosamente preciso unas semanas después que
dejé de dudar mi intuición. En el sueño, había aceptado una segunda cita, y
había invitado a dos amigos para observar nuestras interacciones y ayudarme a
evaluarlo. Al final de la salida grupal, mis amigos me alejaron y me ofrecieron
una decisión unánime: él no era adecuado para mí. Tomé la decisión correcta.
Para
cuando alcanzamos la edad adulta, la mayoría de nosotros aceptamos la sabiduría
convencional: no debemos obsesionarnos con nuestros sueños. Aunque la
investigación indica que el sueño durante la fase de movimiento rápido de ojos
(REM) —cuando la mayoría de los sueños ocurren— es crucial para la salud mental
y física, consideramos a los sueños como historias breves y tontas, la caspa
del cerebro. Nos enseñan que hablar sobre nuestros sueños es infantil,
autoindulgente y que debemos eliminar sus rastros y continuar con nuestro día.
No
tiene que ser así. Durante los últimos dos años, me he reunido cada mes con un
grupo de amigos para hablar sobre sueños; lo hacemos por diversión. Incluso si
nos resistimos, los sueños tienen una manera de infiltrarse en el territorio
consciente e influir en nuestro estado de ánimo durante el día. En tres años de
reportar sobre la ciencia de los sueños, he escuchado a desconocidos describir
que vuelan, que pierden dientes, que sostienen reuniones con personas muertas;
los clásicos. He visto que un sueño puede ser una ventana fascinante a la vida
privada de otra persona y he aprendido que poner atención a los sueños puede
ayudarnos a entendernos a nosotros mismos.
Debido
a que los sueños rara vez tienen sentido de manera literal, puede ser más fácil
descartarlos que tratar de interpretarlos. Sin embargo, un conjunto creciente
de trabajo científico indica que es posible que ese esfuerzo tenga un valor.
Los sueños podrían ayudarnos a consolidar nuevos recuerdos y recortar piezas
extrañas de información. Podrían ser un caldo de cultivo para ideas: un tiempo
para el cerebro para experimentar en una red más amplia de asociaciones.
Algunos argumentan que son un accidente de la biología y no significan nada en
absoluto.
De
acuerdo con una hipótesis popular, los sueños evolucionaron para realizar una
función psicológica importante: nos permiten trabajar con nuestras ansiedades
en un ambiente de riesgo bajo, al ayudarnos a practicar eventos estresantes y a
hacer frente al trauma y el duelo. La mayoría de las emociones que experimentamos
en los sueños, como lo mencionó el neurocientífico finlandés Antti Revonsuo en
2000, son negativas; las más comunes incluyen miedo, impotencia, ansiedad y
culpa.
Para
un psicólogo evolucionista como Revonsuo, esto representa un acertijo: ¿por qué
nuestras mentes nos someterían a algo que consistentemente no es placentero? Si
nuestros ancestros hubieran podido practicar el manejo de situaciones
peligrosas mientras dormían, razonó él, ellos podrían haber tenido una ventaja
cuando fuera tiempo de confrontarlas en el día.
Su
teoría de “simulación de amenazas” explica la prevalencia de la negatividad y
la agresión en los sueños, así como la naturaleza primitiva de muchos ambientes
oníricos; incluso los habitantes de las ciudades con poca experiencia en
entornos silvestres a menudo sueñan sobre ser atacados por animales peligrosos
o extraños y amenazantes. La investigación en animales también encaja en la
teoría; ratas privadas del REM luchan con tareas relacionadas con supervivencia
como recorrer un laberinto y evitar las áreas peligrosas de un tanque.
A
menos que seamos concursantes en Survivor o Los juegos del hambre, las amenazas
que enfrentamos tienden a ser menos dramáticas que un laberinto de vida o
muerte, y tenemos los sueños de ansiedad que le corresponden. El sueño del
examen, en el que quien sueña está lamentablemente poco preparado para un
examen importante, es la versión prototípica del humano moderno del sueño de la
rata corredora o el gato cazador.
Incluso
si la persona fracasa en el sueño, la prueba parece familiar en la vida real y
la ilusión de familiaridad puede traducirse en una ventaja real. Mis propios
sueños de examen son simultáneamente aburridos para reproducir y rápidos de
recordar. “Salgo del centro de evaluación y me doy cuenta de que olvidé
escribir cualquier ensayo”. “Estoy haciendo los exámenes y recuerdo que no
traigo pantalones”.
Estas
pesadillas llegan años después de que dejé la escuela, pero aparecen cuando
estoy preocupada por alguna otra cosa, como una fecha límite o de entrega que
se acerca. Algunos psicólogos creen que en tiempos de estrés, soñamos sobre
exámenes en los que en la realidad tuvimos éxito, nuestros cerebros nos
recuerdan un momento en el que superamos algo a lo que temíamos, lo que fomenta
nuestra confianza.
En
realidad, sí fui vestida a mis exámenes finales de la universidad y no los dejé
en blanco. Sin embargo, reflexionar sobre el peor de los casos en plena luz del
día me obliga a reconocer lo poco probables, incluso ridículos, que son; confrontarlos
destruye gradualmente su poder de atemorizar e incluso me hacen reír. Despierto
con una sensación de alivio, sin importar qué tan poco preparada me sienta para
esta reunión, por lo menos no llegaré desnuda.
En
2014, investigadores de la Sorbona, encabezados por una neuróloga, Isabelle
Arnulf, contactaron a un grupo de aspirantes a médicos el día en el que estaba
programado que realizaran su examen de ingreso a la Facultad de Medicina. Casi
tres cuartos de los 719 estudiantes que respondieron dijeron que habían soñado
sobre el examen al menos una vez durante el transcurso del semestre, y casi
todos esos sueños habían sido pesadillas: de perderse en el camino al centro de
evaluación, de ser imposible descifrar las preguntas de la prueba o de darse cuenta
de que estaban escribiendo en tinta invisible. Cuando Arnulf comparó los
patrones de sueño de los estudiantes con sus calificaciones, descubrió una
sorprendente relación: los estudiantes que soñaron con mayor frecuencia sobre
el examen se desempeñaron mejor en la vida real. Más revelador es el hecho de
que los cinco mejores estudiantes habían encontrado algún obstáculo relacionado
con el examen en sus sueños, como quedarse dormidos y no escuchar la alarma o
no terminar la evaluación en el tiempo asignado.
Estos
días paso mucho tiempo hablando sobre el valor de los sueños y a veces conozco
a personas que se quejan: no recuerdan sus sueños. Sin embargo, la mayoría de
las personas pueden mejorar el recuerdo de sus sueños tan solo con recordarse a
sí mismas antes de ir a la cama que desean acordarse de ellos o, mejor aún,
comprometerse a escribirlos en la mañana. Cuando comencé a llevar un diario de
mis sueños, no podía creer la rapidez con que las anotaciones crecieron de
breves y tentativos fragmentos (“¿Estoy viendo El cascanueces?”. “¿Hay una
araña?”) a historias complejas que incorporan a personajes como una rival
literaria llamada Alice Robby y un gato que ha vivido en mi muro durante veinte
años.
Si
los sueños son tan importantes y si tantas de sus funciones dependen de nuestro
entendimiento de ellos, ¿por qué a menudo parecen incomprensibles? ¿Por qué
trafican con metáforas confusas e imágenes desarticuladas?
Tendemos
a enfocarnos y discutir los sueños que son extraños, pero la mayoría de los
sueños son menos poco comunes de lo que podríamos asumir. En la década de los
sesenta, después de analizar más de seiscientos informes de sueños de
laboratorios en Brooklyn y Bethesda (Maryland), el psicólogo Frederick Snyder
concluyó que “soñar con conciencia” era de hecho “una réplica notoriamente fiel
de la vida cuando uno está despierto”. En su ejemplo, el 38 por ciento de las
locaciones eran lugares reales que los soñadores reconocían de su vida; el otro
43 por ciento se parecía a lugares que conocían.
Solo
el cinco por ciento de los sueños fueron considerados “exóticos” y menos del
uno por ciento contaron como “fantásticos”. Cuando Snyder calificó cada informe
de sueño en varias medidas de coherencia, a partir de si la historia tenía
sentido o si los eventos podían ser concebidos, descubrió que hasta nueve de
cada diez “serían consideradas descripciones creíbles de experiencias
cotidianas”; incluso entre los sueños más largos, la mitad no tenía ni siquiera
un elemento extraño.
No
obstante, el hecho es que en algunas noches, nuestros cerebros generan escenas
que son poco reales. En la década de los noventa, tres investigadores —Robert
Stickgold, Allan Hobson y Cynthia Rittenhouse— decidieron estudiar si había
restricciones a la imaginación de los sueños. Después de analizar 97
intermitencias en doscientos sueños de sus alumnos descubrieron que había, de
hecho, reglas y patrones en juego. Los sueños no están gobernados por las
reglas normales de la física y muchos aspectos del sueño siguen siendo un
misterio. No podemos explicar por qué cierta imagen surge una noche dada o
predecir si algún amigo que no hemos visto en mucho tiempo resurgirá en nuestro
sueño. Sin embargo, los sueños tampoco son totalmente libres.
Las
metamorfosis dentro de la clase eran mucho más comunes que las de entre clases;
es decir, cuando un personaje de un sueño se transforma, generalmente asumiría
la apariencia de otro personaje en vez de la de un objeto inanimado (y
viceversa). Incluso dentro de clases, las transformaciones estaban lejos de ser
al azar: una piscina se convertía en una playa; un tío se transformaría en un
vecino y un auto se modificaba en una motocicleta. “El más sorprendente y nuevo
hallazgo de este estudio es que varias imágenes desarticuladas de sueño son
paradójicamente coherentes”, escribieron los autores. “Un objeto del sueño no
se transforma al azar en otro objeto, sino en un objeto que comparte cualidades
asociativas formales con la primera”.
Incluso
en los sueños, sabemos quiénes somos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario